| A Fondo |
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| Escrito por Jose A. Cabezas |
| Martes 24 de Agosto de 2010 21:31 |
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•• Lo que no nos gusta es precisamente eso: el uso de la belleza como mercancía. No se desarrolla este concurso para admirar la hermosura corporal del género cuando realmente lo merece, sino que lo que pretende es vender productos. Siendo así, quedan pocos nichos helénicos en donde podamos darle a la belleza la misma admiración que le damos a la inteligencia, cuando también se tiene. Y es una lástima la oportunidad perdida, porque en estos tiempos hemos venido confundiendo a la mujer bella con la que tan solo es sexualmente placentera, esto último logrado con usar pocos atuendos que exalten, ojalá, el uso de siliconas. De ahí que las nuevas generaciones están entendiendo que la sensualidad es vulgaridad y son dos cosas muy distintas. Una cosa es una mujer hermosa y otra una mujer “rica”. La primera es realmente mucho más escasas. •• Pero anotamos otro dato errado: Donald Trump, hacedor de ese concurso mundial, confesó que éste ha evolucionado tanto que actualmente el elenco de preguntas a las finalistas trata de la realidad mundial, pues, según él, busca “coronar mujeres inteligentes”. Pero con esta técnica lo que está buscando es premiar a las mujeres informadas, no necesariamente inteligentes. •• Y esto lo comprobamos cuando vemos lo sucedido en otro departamento de esa tienda global: Venus Raj, miss Filipinas, haciéndole honor a su nombre, era considerada de las favoritas, hasta que cometió un desliz en su respuesta, según los organizadores. Al preguntársele cuál gran error ha cometido y cómo lo enmendó, respondió que no había incurrido en ninguno. ¿Y cómo suponer que su arrogancia está encubriendo sus yerros, cuando todo lo contrario, el expresar eso pudo ser la demostración del manejo de una inteligencia emocional apropiada y de una confianza en sí misma ejemplar? Aunque sujeto de comprobación, esta respuesta ponía en el tapete a una vida inteligente, que es lo que dice Trump que busca, y no era para descalificarla “ad portas”. |



Cada año nos cuesta digerir el certamen de Miss Universo. No porque creamos que se utilice a la mujer como objeto, pues a nuestro concepto la belleza es uno de los atributos naturales que Dios le dio a la gran mayoría de ellas y su exposición puede provocar envidias, pero no las críticas de las feministas recalcitrantes que en muchos casos, además de feministas, son feas.