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Escrito por Jose A. Cabezas   
Lunes 16 de Agosto de 2010 07:46

Esta era mundial nos coloca cercados de derrumbes. No solo los que provocan las tormentas y los terremotos, ahora pan de cada día, sino los de los principios morales que otrora fueron pilares en la formación de generaciones, los de las instituciones religiosas y políticas, etc. Ya va quedando poco en pie. En Costa Rica han arrasado con los partidos políticos que durante la segunda mitad del siglo pasado pusieron al país en la cúspide de metas de desarrollo internacional y, hacia adentro, nos dieron paz, estabilidad y una sociedad ordenada, aún con sus altos y bajos.


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Derrumbaron sus propios líderes al Partido Social Cristiano, heredero de legado social históricamente vital para el país. Derrumbaron a los partidos comunistas, que aportaron un significativo peso en la balanza gracias a un hombre trascendente: Manuel Mora. Y desde inicios de esta década, están derrumbando al Partido Liberación Nacional, en donde el modus operandi no ha sido usar tractores para botar sus paredes, sino sustraer el contenido. Si los tiempos modernos han obligado a crear el delito informático, alguien debería de inventar el delito ideológico, pues al PLN, como el asaltante que se lleva los muebles de una casa, le están dejando solo el cascarón.

 


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Algunos líderes han abjurado al verse impotentes de energías para luchar contra gente más joven y con más recursos económicos y, quizá, intelectuales. Otros, sin respetar sus canas políticas, se han acomodado pasando de bailar vals al reggaetón, obviando su ridículo. Pero el vacío que va a sufrir el país al carecer de un partido con predominante agenda social, que sepa seguir insertándonos en el espectro del comercio internacional, pero con una justa distribución de la riqueza, nos va a conducir al desastre. Nuestro sistema de desequilibrio de clases sociales no tiene nada que envidiarle, ¡ya!, a los otros países del América Latina, que hasta hace veinte años nos espantaban a los ticos. Y no aparece ni líder ni otra agrupación que con seriedad y honradez ligue una carta ideológica social a un ejercicio político palpable.


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José María Figueres debería de sentir que tiene ese deber, no solo con el partido que lo llevó a la presidencia, no solo con el país que lo formó, sino con su propio padre que lo engendró. Rescatar, con lo poco que queda, pero que parece posible, al liberacionismo histórico, adaptado a la actualidad del primer mundo que él mismo ha vivido en sus últimos diez años, es una obligación moral. Tiene el deber, tiene juventud y tiene aún el liderazgo para hacerlo. Son deudas que nadie puede llevarse al infinito.

 

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