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Escrito por Lic. Hermes Navarro del Valle   
Sábado 14 de Agosto de 2010 06:53

La madre de Marcelino Pan y Vino


Siempre cuando llega el Día de la Madre, me gusta recordar aquella bellísima historia del autor español José María Sánchez Silva (qdDg): "Marcelino Pan y Vino".  Este relato está contenido en tres partes: la historia original que todos conocemos por la película; otras historias menores de Marcelino Pan y Vino; y la aventura en el cielo de Marcelino (en donde por fin conoce a su madre).  De la historia original revivimos aquel momento en que Marcelino pregunta a Jesús sobre la esencia de las madres:


Marcelino: "¿Y cómo son? ¿Qué hacen las madres?"


Jesús: "Dar, Marcelino, siempre dar."

 


Marcelino: "¿Y qué dan?"


Jesús: "Dan todo, se dan a sí mismas, dan a los hijos sus vidas y la luz de sus ojos, hasta quedar viejas y arrugadas."


Marcelino: "¿Y feas?"


Jesús: "Feas no, Marcelino, las madres nunca son feas."


Marcelino: "¿Y tú quieres mucho a tu madre?"


Jesús: "Con todo mi corazón."


Marcelino: "Y yo a la mía más."

Poco sobra por decir, en el diálogo entre Marcelino y Jesús se encierra una gran verdad, testimonio de nuestras propias vidas y del amor que todos sentimos hacia nuestras madres.  Al igual que todo hijo o hija, nos negamos a aceptar que algún día llegará ese fatídico momento en que nos tengamos que separar para siempre de la compañía de esa mujer que nos dio todo y más.  Y al perderla, apreciamos más que nunca cuanto fue para nosotros y cuanta falta nos hace su presencia.  Pero esperamos que nuestra historia termine como la de Marcelino Pan y Vino, quien en la última parte de la trilogía de Sánchez Silva llega al cielo, y al encontrarse con su madre:  "...recordaba punto por punto, mientras su madre hablaba, el relato de Jesús sobre las madres y sentía la misma emoción que entonces sólo que casi mayor ahora porque veía que Jesús no le había engañado y que las madres eran no sólo bellas y buenas y capaces de dar a sus hijos todas las cosas de comer y de beber y de abrigar, sino incluso mucho más y también sus vidas y la propia luz de sus ojos hasta quedarse feas y viejas y ciegas.  Pero la voz de Elvira sonaba sobre todos estos pensamientos como una graciosa voz de niño y la luz crecía y crecía y era la misma Gloria la que se metía por todos los rincones del alma de Marcelino...  Y saber que Elvira era suya y de nadie más, madre suya y de nadie más que no fuera Dios, pero para eso todos éramos de El y eso sólo era muchísimo mejor que no serlo, le llenaba de un placer y una alegría nunca sentidos..."

 
Author of this article: Lic. Hermes Navarro del Valle