| A Fondo |
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| Escrito por Jose A. Cabezas |
| Miércoles 21 de Julio de 2010 23:39 |
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•• De manera que el tan cacareado amor por los animales lo hacemos depender de nuestro gusto culinario. La tortura que padecen millones de animales cuando perciben que son conducidos hacia un matadero o el dolor que les produce una muerte por un garrotazo o por desangrado de una cortada de yugular o por otros medios más crueles, no son, para estos adalides del amor, ningún sufrimiento si es que eso va a proveerles de un poco de más grasa a su cintura. •• ¿Son velos sociales hipócritas? Veamos: Costa Rica da un ejemplo al mundo al prohibir los circos basados en funciones de animales para que nuestros niños no los vean encadenados a grilletes ni enjaulados. Pero sí permite que cada cien metros mostremos a otros animales colgando descuartizados, listos para que las amas de casa los lleven, aún destilando sangre, gustosas a la mesa de su hogar. •• Mostrándonos ante el mundo como un país con sólida cultura ecológica, nos irritamos porque corten un árbol, pero vemos como natural que un animal, que es una especie más evolucionada y más sensible al dolor, sea asesinado solo para cumplir con nuestras papilas gustativas. Solo para decir: “¡Qué rico”! Hacemos la guerra a la minería a cielo abierto para que el arsénico no contamine la tierra, pero la regamos con sangre de animales. Es que, si hablamos de amor, tenemos que hablar de sentimientos. •• Si amamos a los animales, no nos los comamos, pues en tal tesitura, tendríamos que comernos a nuestros hijos o dejar de amarlos. Que Dios habló de poner los animales a nuestro servicio, nunca de que los comiéramos. O la segunda opción es dejarnos de campañas hipócritas. |



Se viene desarrollando una campaña de “no maltrato a los animales” expuesta en vallas publicitarias de carreteras, afiches y hasta nos avisan que viene en camino una “Teletón” en tal sentido. El problema es que en nuestra visión real, como “animales” consideramos únicamente a los perros y gatos. De vez en cuando, a los conejos y hámsteres. Pululan personas que derraman lágrimas, que no derraman ni ante el dolor del prójimo, cuando miran el maltrato a los perros y gatos, pero que se sorprenden cuando les preguntamos: “¿Y el resto?” Hablamos de vacas, cerdos, pollos, caballos, iguanas y otras especies que degustan su paladar.