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Escrito por Juan Diego Castro   
Viernes 12 de Marzo de 2010 05:25

La transmisión del telenoticiero era impactante. Día Internacional de la Mujer. Edición nocturna. Un señor lloraba amargamente, mientras narraba al periodista cómo encontró el cuerpito de la chiquita degollada, tirada en un barrial. Mientras en una pequeña pantalla la pompa inédita del Tribunal Supremo de Elecciones, era desbordante, hasta con copas de vino blanco o de coyol. Aunque los discursos tribunalicios no se oían, las lágrimas del ciudadano destrozado ante ese horrendo crimen, eran ensordecedoras.

¿Qué ha hecho la politiquería en los últimos catorce años por el país? ¿Qué hicieron como diputados, como vicepresidentes, como ministros? ¿Por qué desperdiciaron cuatro años en una curul, cuatro años en una vicepresidencia, cuatro años en un ministerio? ¿Por qué hasta ahora proponen algunas tímidas ideas sobre seguridad?... Lo dijimos hace mucho tiempo: ¿Cuántos muertos hacen falta para que la politiquería se decida a actuar seriamente?

La pantalla del televisor era impactante. Contrastaba el discurso mudo y el tintineo de las doradas copas, con las lágrimas de un hombre destrozado ante un crimen atroz. La realidad nacional es paradójica y surrealista.

A un mes de las elecciones, después del derroche de las ofertas electoreras y tras cuatro semanas de intensa campaña publicitaria, con presentación gota a gota de ministros y discursitos de mecano, la criminalidad ha llegado —otra vez— a profundidades insospechadas: tres bebés asesinados por sus progenitores.

Yoheni Madriz Abarca, de dieciocho meses, asfixiada por su padre en un hotel. Su cadáver fue levantado con cinta engomada en su boquita y nariz.

Yudith Calderón Orozco, de tres años, degollada por su padre y botada en un barrial.

Anthony Fajardo Díaz, de año y medio, la policía lo halló muerto y desnutrido en la cama de su casa.

Al escuchar los discursos de las nuevas autoridades, no me sorprendo. El problema es ideológico, no hay un cambio de paradigma, ni existe una definición de política criminal democrática, que centre a la víctima y la sociedad en la cúspide del aparato de control social. Lamentarse a estas alturas, sobre el riesgo que corren las libertades, es ridículo. ¿Qué libertad tenemos los ciudadanos que vivimos enrejados y atemorizados por el hampa?

La inseguridad seguirá rompiendo las barreras de lo conocido, por culpa de la politiquería y de los que se han enriquecido a la sombra de sus elevados puestos públicos, gracias a las turbias consultorías internacionales, propiciando las normas que desprecian los derechos de las víctimas, dejan desprotegida la sociedad y

generan la impunidad imperante.

El nivel de atrocidad y la frecuencia  con que se cometen los más horrorosos crímenes, provoca nada más que discursillos insultos y silencios irresponsables.

¿Cuántos muertos hacen falta para que la politiquería se decida a actuar seriamente?

Última actualización el Viernes 12 de Marzo de 2010 05:25
 

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