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Reglas Pétreas Imprimir Correo electrónico
Escrito por Alfonso Chase   
Domingo 07 de Febrero de 2010 23:00

Más importante aún que los resultados de la campaña política 2010, el desarrollo de las actividades de la misma. El guión parece ser el mismo de los últimos años y la actuación, a un nivel medio, la de sus protagonistas, que son leves diferencias parecen ser todos egresados de una “academia” de artes dramáticas de nuestro país. Convertido todo el proceso en la manifestación de una industria financiera, e ideológica, dentro de los márgenes que nos marca la República Mediática, la Narco-Nación, el país de la cola de paja, dominada por la más astuta oligarquía financiera del mundo, dentro de estándares glamorosos de ser el país más feliz del universo, la comarca ecológica por excelencia, y todos esos otros mitos, algunos tan reales como las leyendas, mecanismos para aquietar las conciencias, la antigua fiesta cívica se ha convertido en una comedia donde los actores parecen ser iguales, con diferentes máscaras, danzando en un tinglado móvil, siguiendo reglas prefijadas de antemano, finalizado todo el montaje con los clásicos abracitos de siempre. En ese final feliz que nos estremece, sino que nos devuelve el padrón tradicional, para estar al día siguiente, sin la pastilla del día después, en ese mismo lugar que ocupábamos siempre: el proscenio desocupado las luces apagadas y los rescoldos del juego, todo esto es lúdico, dispersos por el escenario.

Reglas pétreas, dirán algunos. Puesta en escena de un espectáculo que se repite cada cuatro años, con objetivos diversos, pero siguiendo el sentido claro de un mismo guión, salvo uno o dos golpes escenográficos, para darle un quiebre a todo el montaje, donde prevalece el derecho divino de las instituciones, insólitamente convincentes, amparadas por el derecho humano de los electores, cada vez más anómicos ante las actuaciones, ayuna de real asistencia y de aplausos, tanto en los ensayos, esos debates que nunca lo fueron, y el gran final del DIA-E, uno de los más dispendiosos en el erario público.

El espacio parece más reducido ahora. Los mecanismos de movimiento en el escenario son apenas perceptibles, dándose toda la información, así parece ser, por medio de mecanismos audivisuales, con efectos especiales de sincopado aburrimiento, que no modifican, para nada, la eficacia casi mínima de las actuaciones, con directores de escasa potencia dramática, en una especie de diálogo-monólogo, que hace que los movimientos respondan a errores de sintaxis, dicción o de inteligencia de quienes buscan hacerse dueños del escenario, aunque sea por sesenta segundos.

Como debe ser en esta época: no hay divos o divas, sino que la desnudez intelectual de los protagonistas les permite mostrar los estándares naturales de ser lo más simple del mundo; representar al ciudadano medio, sin ensalzar diferencias apreciables que pueden ser tomadas como disociadoras de lo establecido en el guión. Pero también hay cambios de personalidad. Sutiles o abruptas transformaciones para ser lo que no son, o para darle un rostro a la máscara que todos llevan puesta: esa regla petrea de todo espectáculo para disimular su personalidad más honda. Esa que solo se muestra en las relaciones cotidianas, íntimas, de persona a persona, o de ésta al espejo, en una de esas mañana de sol radiante.

La diferencia en todo este espectáculo es real. No es un circo donde el temor de los espectadores se centra en que el equililbrista no pierda el rumbo sobre las volutas del aire, o el  domador termine siendo devorado por las fieras. Lo dramático del todo el espectáculo (Richard Schchber), no es solo la incoherencia de los personajes, lo gestos de falsa gracia, la patética manera de arrobarse ante las propias palabras, sino en descubrir de repente, no está en el guión, los gafes de oficio del adversario convertido en casi oyente, para darse el lujo de tener una salida un tanto lúcida, una alteración del ánimo, un gesto hasta dramático, que le permita estar por encima de los demás, no en la actuación misma, sino en el abrupto descubrimiento de un comportamiento raro con quien comparte el proscenio.,

Como todo parece formar parte de un espectáculo casi convenido, la alteración del mismo puede ser catastrófico, en términos electorales, para uno de los actores, que puede arruinar su participación con solo parecer más desequilibrado, más mendaz, más arrogante y muchos de ellos, no todos, pueden arruinar en medio minuto los muchos años de estudio actoral para lograr el triunfo, si así puede llamarse el gran final.

En este espectáculo no es sube al Olimpo o se desciende al Haces. Todo está diseñado para que los participantes permanezcan en un punto intermedio, donde el gozante, el espectador, el público, pueda determinar el sentido real de la actuación, la eficacia del guión, la escenografía, la forma circular, o de auditorio, en donde ocurre el montaje, y siendo prohibido el aplauso, los amigos, familliares, secretarios, simpatizantes o funcionarios, allí presentes puedan lanzarse, al final, a adobarlos en abrazos o hacerles creer que todo ocurre con sabor a multitud. Dijo Jacques Derrida, “El teatro no es la representación de la vida sino lo que ésta tiene de irrepresentable”. Con esas reglas petreas que se repiten cada cuatro años, asistimos al montaje de la representación política. Con personajes principales, secundarios, enanos y cabezones, arlequines y mozuelas. Un espectáculo demasiado banal, estimo, para mantener viva la teoría democrática. Todo supervisado por los efectos mediáticos,  las grandes y pequeñas oligarquías financieras que comen, mandan y ejecutan parte de la representación, que no es  otra cosa que un espectáculo campirano o un cuadro de costumbres.

Hasta que no emerja un actor principal, un director óptimo, un espacio de representación adecuada y un público que, sin ser severo, tenga niveles de excelencia para involucrarse en la función.

Reglas pétreas, dirán algunos. Puesta en escena de un espectáculo que se repite cada cuatro años, con  objetivos diversos, pero siguiendo el sentido claro de un mismo guión, salvo uno o dos golpes escenográficos, para darle un quiebre a todo el montaje

Última actualización el Domingo 07 de Febrero de 2010 23:00
 
Author of this article: Alfonso Chase

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