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Escrito por Abanico   
Sábado 13 de Marzo de 2010 06:45

Año III No. 153


J. D. Salinger (1919-2010) fue uno de los escritores más leídos por mi generación, o al menos por una parte de ella a partir de los años sesenta, cuando empezaron a circular sus libros, en ediciones de bolsillo por América Latina. Luego vino la traducción, creando polémica sobre su verdadero título en español: “El cazador oculto”, “El guardián entre el centeno”, “El vigilante en el campo del centeno”, y así sucesivamente. Un libro de impacto que, a partir de 1968, vino a transformar el ímpetu de lectura en Hispanoamérica, fue libro de texto, en las ediciones de la antigua Compañía Fabril Editora (Los Libros de Mirasol) e influyó, y esto es lo importante, en las narraciones de los más jóvenes autores, quienes nunca lo consideramos un mito, ni una leyenda, sino uno de los escritores más lúcidos de su generación. Retraído, según su propio gusto, no publicó más de cuatro libros, de narraciones, que también fueron de impacto, discusión, diálogo. Todos fuimos un poco Holden Caulfield, ese protagonista no convencional, irónico, con un sueño recurrente. Pero quizás lo más importante era la manera como hablaba, magistralmente registrada por el autor, su visión de la vida en familia, la sociedad urbana, las relaciones personales, en ese deambular por la ciudad, New York, mirando, participando, escapando a todos sus temores, frustraciones, fragmentado hasta comprender que el desarrollo social de la prosperidad era en verdad la gran farsa de su tiempo, anticipándose a lo escrito luego o complementando a los autores de la Generación Beatnik, que vagaban hacia el punto fijo del ir hacia ninguna parte, en esas utopías paranoicas de las cuales participa Holden Caulfield, en su ir paso a paso por la ciudad e impregnarse de pasado, o presente, y dejando tirado el futuro en la orilla de las aceras. Fue la mejor novela de su generación, dijo Faulkner. De allí el rechazo y el silencio, más la aclamación del público. Todo eso reflejado luego en sus narraciones: la pérdida de la inocencia y el surgimiento del protagonista adolescente de sus relatos. Esos niños que dejan de ser ellos para ser todos nosotros. Eso y más. Un autor tan extraño como sus personajes.

 


• J.D. Salinger

Seymour, Una introducción

©: De los textos: Editorial Sudamericana

Traducción de Aurora Bernárdez

©: De la fotografía:    Agencia AP


J.D. Salinger


Seymour, una introducción

(Fragmento)


Muchos, muchos hombres de mi edad y con las mismas entradas que yo, que escriben sobre sus hermanos muertos en una encantadora forma de semidiario, nunca se molestan siquiera en darnos fechas o en decirnos dónde están. Ningún sentido de colaboración. He jurado no permitir que a mí me pase eso. Hoy es jueves y estoy de vuelta en mi horrible silla .

Es la una menos cuarto de la madrugada, y aquí estoy sentado desde las diez, tratando, mientras me ocupo del físico de Seymour, de encontrar una manera de presentarlo como Atleta y como Jugador, sin irritar demasiado a todos los que odian los deportes y los juegos. Me siento desalentado y disgustado, de veras, porque veo que no puedo entrar en el tema sin comenzar con una disculpa. En primer lugar, pertenezco a un Departamento de Inglés, dos de cuyos miembros por lo menos están en vías de consagrarse como poetas modernos de repertorio y el tercero es un crítico literario considerado muy chic aquí en la académica Costa del Este, una figura descollante entre los especialistas en Melville. Estos tres hombres (como te puedes imaginar, tienen por mí, también, una gran  debilidad) se abalanzan de una manera a mi juicio demasiado pública, en la cumbre de la temporada de béisbol, sobre el aparato de televisión y la botella de cerveza fría. Por desgracia esta piedrita cubierta de hiedra es algo menos devastadora por el hecho de que la arrojo desde un invernáculo. Toda mi vida he sido un fanático del béisbol y no me cabe la menor duda de que hay dentro de mi cabeza un sector que debe parecerse a una jaula de pájaros llena de pedacitos de viejas Páginas de Deportes. En realidad (y considero que es la última palabra en materia de relaciones íntimas entre lector y escritor), tal vez una de las razones por las cuales, de niño trabajé más de seis años consecutivos en la radio, fue porque sabía informar a la Gente de Radiolandia sobre lo que habían hecho los muchachos Waner en el curso de la semana o, lo que es más impresionante, a los dos años era capaz de decirles cuántas jugadas maestras había hecho Cobb en 1921. ¿Soy todavía algo sensible en eso? ¿No habré hecho todavía las pases con las tardes de mi juventud en que me escapaba de la Realidad por vía del elevado de la Tercera Avenida para ir a refugiarme en el pequeño útero de la Cancha de Polo? No puedo creerlo. Quizá sea en parte porque tengo cuarenta año  y pienso que ha llegado la hora de pedir a todos los jóvenes escritores envejecidos que se manden mudar de las canchas de pelota y de las plazas de toros. No. Yo sé –Dios mío, yo sé- por qué vacilo tanto en presentar al Esteta como Atleta. No lo he pensado durante años y años, pero esta es la respuesta: Había además de S. Y de mí en la radio un muchacho excepcionalmente inteligente y agradable, un tal Curtis Caulfield, que murió después durante uno de los desembarcos del Pacífico. Una tarde fue conmigo y con Seymour al Central Park, donde descubrí que arrojaba la pelota como si tuviera dos manos izquierdas –como lo hace la mayoría de las chicas, en una palabra- y todavía veo la mirada de Seymour cuando oyó mi risotada crítica de macho. (¿Cómo puedo explicar este tipo de análisis profundo? ¿Habré pasado del Otro Lado? ¿Debo colgar el cartel?)

Fuera con eso. S. Amaba los deportes y los juegos, al aire libre o adentro, y era en general espectacularmente bueno o espectacularmente malo, rara vez mediano. Hace algunos años mi hermana Franny me informó que uno de sus Primeros Recuerdos era el de haber estado en un “moisés” (como una infanta, deduzco), viendo a Seymour jugar al ping-pong con alguien en la sala de estar. Creo que el “moisés” a que se refiere era una vieja cuna estropeada, con ruedas, en que su hermano Boo Boo la llevaba tropezando en los umbrales de las puertas hasta llegar al centro de las actividades. Sin embargo es más que posible que hubiera visto jugar a Seymour al ping-pong y que su olvidado y al parecer incoloro contrincante fuese yo mismo. Por lo general yo me aturdía hasta volverme totalmente incoloro cuando jugaba al ping-pong con Seymour. Era exactamente como si la propia Madre Kali estuviera del otro lado de la red, con sus muchos brazos y mostrando los dientes en una sonrisa, sin interesarse especialmente en los resultados. Disparaba, desviaba la pelota hacia arriba cada dos por tres, de modo que de cada cuatro tiros de Seymour, tres paraban en la red o se iban al diablo fuera de la mesa, de modo que el juego con él era de hecho sin devolución de la pelota. Pero esto no parecía desviar su atención indivisa y se quedaba sorprendido y disculpándose abyectamente cuando su contrincante se quejaba al fin, amargo y a gritos, de tener que correr tras la pelota por toda la maldita habitación, buscándola debajo de las sillas, el sillón, el piano y en aquellos rincones asquerosos detrás de los anaqueles de libros.

Era igualmente aplastante e igualmente atroz en el tenis. Jugábamos a menudo. Especialmente mientras yo cursaba el último año en la Facultad de Nueva York. El ya enseñaba en la misma institución y, sobre todo en primavera yo temía sin disimulo que el tiempo fuera demasiado bueno porque sabía que algún joven iba a caer a mis pies, como un trovador, con una nota de Seymour diciendo: ¿no te parece un día maravilloso?, ¿y que dirías de jugar un rato al tenis más tarde? Me negaba a jugar con él en las canchas de la universidad donde temía que algunos de mis amigos o de los suyos –en especial algunos de sus más sospechosos Kollegen- pudieran descubrirlo en acción, así que por lo general íbamos a las Canchas de Rip, en la calle Noventa y Seis, uno de los lugares más viejos donde solíamos reunirnos. Una de las estrategias más inútiles que yo había inventado consistía en dejar a propósito las zapatillas y la raqueta de tenis en casa, en lugar de dejarlas en mi ropero de la facultad. Tenía, sin embargo, una pequeña virtud. Por lo general recibía una módica dosis de simpatía mientras me vestía para encontrarme con él en la cancha y con bastante frecuencia uno de mis hermanos o hermanas me acompañaba compasivo hasta la puerta para ayudarme a esperar el ascensor. En todos los juegos de naipes, sin excepción –la pesca, el póker, el casino, los corazones, la solterona, el bridge, el slapjack, el veintiuno-, era absolutamente intolerable. Sin embargo las partidas de pesca eran dignas de ser observadas, solía jugarlas con los mellizos cuando eran pequeños, y constantemente les insinuaba que le preguntaran si tenía algunos cuatros o valets, o tosía entre remilgos mostando los naipes.

Última actualización el Sábado 13 de Marzo de 2010 07:18
 

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